A propósito de Río Verde…

La madrugada del domingo 11 de enero de 1948, el doctor Oscar Belarminio López Collado se asomó presuroso al dormitorio de su hijo mayor con la intención de despertarle.
-“Mario, hijo, es hora. Levántate.”

Debían darse prisa si querían estar en el campo de aviación a la hora estipulada. El avión, un bimotor Douglas H-I-6, fletado para volar Santiago-Barahona- Santiago no iba a esperar por nadie. Ni siquiera por él. Dos días atrás él mismo había hecho efectivo el monto del flete del avión, 300 pesos dominicanos.

Mario balbuceó unas palabras ininteligibles, dio media vuelta y retomó el sueño. Falta le hacía. A sus vigorosos 16 años, había estado de fiesta con su amigo Poppy Bermúdez la noche anterior y no tenía el cuerpo para viajes. Ironías del destino, sería precisamente esto lo que le salvaría la vida.

Quien sí estaba despierto y pululaba por allí haciéndose notar, era el pequeño Jenaro. Le pidió una y mil veces a su padre que lo llevara, que se iba a portar bien, pero este no accedió a su petición por considerarlo muy joven aún. Se despidió dándole un beso en la frente, le bendijo y le prometió que la próxima vez lo llevaría.

Lo que nunca imaginó es que estaba emprendiendo un viaje del que jamás regresaría. El niño quedó en la ventana viéndole partir. Abanicando sus manitas para despedirle, estuvo allí, inmóvil, hasta mucho tiempo después de ver desaparecer su figura calle abajo. Esta imagen le quedó grabada en la memoria y le acompañaría durante el resto de su vida. Esa fue la última vez que vio a su padre.

No solo un avión, sino dos. Mario despertó apesadumbrado por haberse perdido el viaje que nadie en Santiago se quería perder. Enseguida le vinieron a la mente ramalazos de su apoteosis de la noche anterior, y la pesadumbre, inmediatamente, pasó a un segundo plano. Jenaro no pudo evitar mirarle con un deje de resentimiento. Él hubiera querido ir y no lo llevaron. Su hermano, que estaba invitado, se daba el lujo de perdérselo. Se anunciaba por todo Santiago que, debido a la demanda existente para ver el partido, se había habilitado un segundo avión, y que quien estuviera interesado pasara sin demora por la clínica dental del Dr. Belarminio López, es decir, por su casa… ¡Aquello tenía que ser una broma pesada! ¡ Se moría por ir! En el colegio había presumido hasta la saciedad sobre el tema. No le quedó más remedio que meter la “guayaba” de que no quería ir y mantener el tipo lo mejor que pudo.

La ausencia de mamá. Por la tarde Mario se acicaló para salir, con esa alegría por dentro de cuando te gusta una muchachona y lo que es más importante: ¡La muchachona te hace caso!, para ir al cine:
– “Aquí dejo las llaves para cuando regrese el viejo”, le dijo a la muchacha del servicio al salir.

Por aquella época ya había acontecido el divorcio de sus padres.

Su madre, doña María del Carmen López Herrera, hermosa mujer de infinitos ojos azules, cabellos dorados y piel de porcelana, de figura pequeña, leve y delicada, que contrastaba con su carácter, con su gran personalidad, su tesón y fortaleza de espíritu, había regresado a su Cuesta natal tras el divorcio.

Con gran acierto, pensó que los niños tendrían mayores oportunidades permaneciendo en Santiago al cuidado de su padre. Mario, siendo el hermano mayor, tenía que mostrarse fuerte delante de Jenaro. Ambos la extrañaban terriblemente y esperaban con fervor los fines de semana y las vacaciones para estar con ella. Sin embargo, el destino no tardaría en volverlos a reunir.

Un acuerdo que se rompe. Con el paso de los años, se había establecido entre Mario y Jenaro un acuerdo tácito. No hizo falta verbalizarlo, del tema del accidente de su adorado padre no volvieron a hablar. Simplemente, no querían abrir las puertas al dolor. Cuando ambos ya peinaban canas, sin saber muy bien por qué, ese acuerdo se rompió. Arrellanados en sendas mecedoras en la galería de la casa de Jenaro, con dos copitas de ponche Crema de Oro en las manos, se contaron todo lo que antes no se habían dicho.

-“Buenas tardes, doctor López”, saludó Mario con voz jovial.
-“Buenas tardes, doctor López”, respondió Jenaro con una media sonrisa.

Mario había ido a visitarle y ambos pensaban que iba a ser otra de esas agradables tardes en las que se sentaban a discutir sobre lo divino y lo humano.

Esa charla ocurrió en el momento justo, porque poco después Jenaro enfermó y murió. En su funeral, Mario recordó esa conversación. Y se alegró de haber tenido la oportunidad de realizar esa catarsis liberadora que habían tenido pendiente por tantos años. Nunca se recuperó de la muerte de su “hermanito”. Con él se iba la única persona que había tenido sus mismas vivencias, que tenía sus mismos recuerdos…

Mario le contó que estando en el cine, a la hora que posteriormente supo que había ocurrido el accidente, un frío tremendo le taladró el corazón. Un miedo terrible que jamás había sentido. Estaba convencido de que había experimentado la angustia que sintió su padre al percatarse de que iba a dejar a sus hijos huérfanos. Que, al llegar al colegio, no entendía nada, porque sus compañeros lo recibieron con abrazos dándole el pésame y que no quiso comunicárselo hasta estar seguro para ahorrarle el sufrimiento.

Jenaro le contó que la tarde del accidente había comprado un helado y, al paso de un avión, sintió un pavor tan grande que este se le resbaló de las manos, pues tuvo la más horrible premonición al preguntarse: “¿Y si no vuelvo a ver a mi papá nunca más?”

Le dijo que al salir del colegio fue corriendo a la casa del mejor amigo de su padre, don Onésimo Jiménez y le preguntó lo que de alguna manera ya intuía y nadie quería confirmarle… -“¿Es verdad, don Onésimo, que mi papá se mató en el accidente?”. Bastó un leve movimiento de cabeza para que todo su mundo se derrumbara por completo.

Óscar Belarminio López Collado. Ese día Belarminio cumplía 42 años.

Había nacido el 11 de enero del año 1906 en un remoto paraje de la comunidad de San José de las Matas llamado Loma del Toro y era uno de los siete hijos del matrimonio formado por don Antonio López, conocido en la región como Toño López, “el Maestro”, y doña Mercedes Collado, cariñosamente “Mamá Cea”, familia campesina dedicada a la agricultura.

Sin embargo, su padre era un hombre instruido; ejercía de maestro y se decía que podía recitar todos los actos de la misa en perfecto latín, sin haber estudiado nunca ese idioma.

Animado por un espíritu de superación indetenible, Belarminio, por sus propios méritos, se abrió paso en la sociedad de Santiago de los Caballeros. Primero aprendió el oficio de mecánico dental y luego se trasladó a la capital a estudiar Odontología. En octubre de 1930 recibió su título de Cirujano Dentista.

Su dedicación profesional, su temperamento entusiasta, amistoso y cordial pronto le granjearon una numerosa clientela. Se puede decir que casi los dieciocho años que pasó ejerciendo su profesión, estuvo instalado en la calle Julia Molina 121 (actual calle Independencia), que era a su vez su vivienda familiar.

Tres grandes pasiones. En el aspecto personal, tenía tres grandes pasiones: sus hijos, la música y el béisbol.

Padre amantísimo, engendró además de los hijos habidos en su matrimonio con doña María del Carmen López Herrera (los doctores Mario López López y Jenaro López López), dos vástagos más: el prestigioso cirujano Ancel López y doña Lourdes López, apenas una bebé al momento de su muerte.

Se podría decir que su más importante legado fue el haber logrado un sólido nexo entre sus hijos. El gran amor que se profesaron siempre es una prolongación del amor profesado por él mismo a cada uno de ellos. Toda una hermosa lección de vida.

Como melómano empedernido que era, sus discos de pasta de 78 RPM ocupaban un lugar preferente en su hogar, para lo cual mandó a construir un mueble a la medida donde estuviesen guardados a buen recaudo.

Su ecléctico gusto musical se reflejaba en su discoteca. Era amante del jazz, en especial de Charlie Parker, de los clásicos, así como de los ídolos de la época: Pedro Vargas, Fernando Fernández, Libertad Lamarque, Eva Garza, Néstor Chayres, etc.

En cuanto a su entusiasmo por el béisbol, la siguiente anécdota lo refleja claramente:

Cada año se celebraba en La Habana la Serie Mundial de Béisbol Amateur con la participación de la mayoría de los países de América. Los juegos eran transmitidos por las principales emisoras de radio cubanas, a la cabeza, la CMQ.

El día que al equipo dominicano le tocaba jugar, Belarminio cerraba a cal y canto su consultorio, daba órdenes estrictas de no ser molestado y se instalaba en un pequeño kiosco ubicado en el patio, donde con su radio pegada a la oreja pujaba por la victoria de los nuestros.

Camino al encuentro con su destino. Aquel aciago 11 de enero, Belarminio estaba de muy buen humor. Por delante tenía un plan apasionante. Era su cumpleaños y qué mejor manera de celebrarlo que yendo a ver jugar al equipo de sus amores, el “Santiago Baseball Club”.

Era miembro de la junta directiva, donde ostentaba el cargo de tesorero. Junto al equipo de béisbol completo, periodistas deportivos, colegas de profesión y personalidades de la ciudad partirían hacia Barahona divididos en dos aviones a apoyar al equipo santiaguero.

A media mañana un telegrama de felicitación de cumpleaños le fue enviado a Barahona de parte de sus hijos. Si lo recibió o no, sigue siendo una incógnita.

Mientras iba camino al encuentro con su destino, Belarminio reflexionaba sobre su vida. No podía quejarse, pensó. Su consultorio iba viento en popa, tenía una buena situación económica, era un ciudadano apreciado y bien considerado, un profesional de prestigio. Había conseguido, gracias a su determinación y esfuerzo, grandes cosas en la vida. Mucho había llovido desde la época en que él, “Belanche”, había salido de Loma del Toro soñando con un futuro mejor. Ciertamente podía sentirse satisfecho.

Aquella triste tarde de domingo, la noticia se extendió como la pólvora por todo Santiago. Uno de los dos aviones de la C.D.D.A. había desaparecido en la Cordillera Central en el viaje de regreso. Las noticias llegaban con cuentagotas. El fatal accidente había ocurrido en una zona de difícil acceso, en Río Verde, Yamasá.

Un silencio sepulcral se apoderó de las calles, solo roto por los boletines de la radio, a los que se aferraban los familiares como quien se aferra a un clavo ardiendo.

Se confirmaron los peores presagios. No hubo supervivientes. Y Santiago lloró con pena, rabia y dolor la pérdida a destiempo de la vida de 32 de sus hijos. Entre ellos tú, Belarminio. Tú… Ignoto, inédito e inexplorado para mí, dado que no tuvimos la oportunidad de coincidir en el mismo espacio y tiempo. Sin embargo, ¡Cómo me hubiera gustado conocerte querido abuelo!

Hoy Digital

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