Poesía y arquitectura: de la mano de Joan Margarit

Poesía y arquitectura

La arquitectura es un oficio que he ejercido siempre con mi amigo y también arquitecto Carles Buxadé. La palabra socios —que también lo éramos— desdibuja, con un tono comercial que nunca ha tenido, nuestra relación. Trabajamos, durante casi cuarenta años, desde la docencia y la investigación hasta el proyecto de dirección de grandes y pequeñas obras, pasando por todo tipo de refuerzos, restauraciones y rehabilitaciones. Se trata de mi vida profesional, económica y social, profundamente ligada, pues, a mi poesía. La influencia de la arquitectura en mi vida es profunda y muchas veces ha sido dentro del ambiente de mi trabajo donde he escrito mis poemas. Algunos de ellos son consecuencia directa de la labor llevada a cabo en el refuerzo y remodelación de edificios habitados situados en barrios, que entonces eran periféricos, de Barcelona. Otros poemas surgieron durante el refuerzo y la restauración de monumentos que estaban al límite de su derrumbe, como el que se levanta en memoria de Cristóbal Colón desde la Exposición Universal de Barcelona de 1888: una columna de bronce de sesenta metros allí donde la Rambla desemboca en el puerto, que el año 1982 se inclinaba peligrosamente dejando atascado el ascensor interior. También los sesenta metros de altura de la filigrana modernista de la torre de entrada al Hospital de Sant Pau, donde recuerdo como, en mi primera inspección, mientras estaba arriba tomando notas en solitario, salí precipitadamente, asustado al percibir bajo mis pies el excesivo movimiento del edificio bajo el viento. Poemas también escritos al mismo tiempo que levantábamos grandes conjuntos deportivos o universitarios. Incluso los hay escritos durante actuaciones periciales con motivo de derrumbamientos de edificios, ese lado oscuro de nuestra profesión.

Hay poemas que son homenajes a arquitectos cuya obra —y la persona en el caso de Josep Antoni Coderch— me ha conmovido especialmente. Otros hablan de mi época de estudiante, de los esfuerzos para ingresar en aquella difícil escuela: cuando aprobé el examen más duro, el dibujo de estatua, lo hicimos tan solo siete de los trescientos que pasamos una semana dibujando en nuestros caballetes alguna de las Venus de Milo o de Cánova plantadas en medio de nuestra multitud en aquella gran sala. Primeros poemas, pues, escritos durante los tres absurdos años que necesité para superar los obstáculos con los que el poder político protegía —ya desde antes de la República, en una época en la que el ascenso social era posible sobre todo a través de cursar una carrera universitaria— a las ingenierías, consideradas como las profesiones del futuro, para que quedaran en manos de las clases altas. Por esto tan solo en Madrid se podían cursar todas las ingenierías (¡hasta la de puertos y la naval!), y tres en Barcelona: arquitectura, industrial y textil, y si un muchacho de provincias (las mujeres no existían todavía en estas escuelas) iniciaba esta aventura su familia debía mantenerlo en una de estas dos ciudades una media de diez años.

Y un último ejemplo de la efectividad de aquellas medidas: mis abuelos, pobres y sin estudios, al vivir en Barcelona, lograron que su hijo mayor, mi padre, estudiara arquitectura: durante todos los años que necesitó hasta obtener su título, nunca llevó a su casa, ni una sola vez, a ningún compañero de estudios.

Muchos de mis poemas de los años ochenta y noventa del siglo XX están escritos durante la construcción de grandes edificios a lo largo de mucho tiempo, como el caso de los ocho años del Estadio Olímpico de Montjuïc, o los treinta años en el equipo que calculaba y construía la Sagrada Familia, otros a gran velocidad, como la Villa Universitaria de la Universidad Autónoma, y algunos a través de difíciles sutilezas bajo tierra como el Museo de la Ciencia de Tarrasa o los once sótanos en plena Rambla, con el agua subálvea ya al nivel del segundo sótano.

He vivido la época de la pura creatividad del cálculo debido a la poca normativa existente, mucho tiempo sin ordenadores o con los primeros, con muy poca potencia todavía, y con toda la responsabilidad, es decir, toda la libertad. Suponíamos, pero no con la inminencia con la que se produjo, el advenimiento de la época del «todo es posible» del Cálculo de Estructuras. A veces siento que una cierta responsabilidad indirecta tuvimos también con nuestros trabajos de investigación sobre cálculos matriciales de estructuras en los años sesenta: que colaboramos de algún modo a esta arquitectura de gran formato que a veces

El País

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