SANTO DOMINGO.-La crisis energética se agudiza en La Habana: los apagones y las filas para recargar combustible superan las 10 horas, en un contexto marcado por el anuncio de Estados Unidos de imponer aranceles a los países que comercien petróleo con Cuba. Ante un posible agravamiento, la respuesta de los cubanos, lejos del caos, se mantiene dentro de una normalidad ya histórica: adaptación, humor y solidaridad. Entrega desde La Habana.

Las peluquerías representan un microcosmos social donde no para el movimiento: entran y salen todo tipo de personas.

Con la misma frecuencia, la luz llega y se va en el local de Luis en el municipio de Playa, el mayor de La Habana.

“Antiguamente, cuando había un apagón, yo cerraba y me iba para casa. Ahora ya no me enfado, tengo una máquina automática recargable”, cuenta Luis mientras rasura a un cliente, agudizando la vista, entre el claroscuro que se forma por la luz natural que se irradia desde las ventanas.

En el mes de enero los apagones han aumentado su frecuencia, llegando a superar las 10 horas en la capital, extremo poco habitual. Pero los cubanos, como Luis, parecen tener sincronizada la capacidad de adaptación a la caída de las condiciones de vida.

Donald Trump firmó el 29 de enero una orden ejecutiva para aplicar aranceles a todos aquellos países que comercien petróleo con Cuba, pero en la calle la normalidad continúa: los parques están llenos de niños practicando deportes; los coches prerrevolucionarios transportan pasajeros; y las parejas se sientan en el Malecón para encontrar un momento de intimidad.

Dentro de ese paisaje cubano cotidiano, la posibilidad de un agravamiento humanitario siempre está en el horizonte.

Es ya una forma de vida: una costumbre de décadas para una isla en constante tensión con el país vecino, el cual le aplica un embargo económico desde hace más de 60 años, además de múltiples sanciones.