UN TERRITORIO QUE MERECE MÁS QUE CONVERTIRSE EN BASURERO
Analicé palmo a palmo la propuesta de instalar un relleno sanitario regional en el corazón ecoturístico de Pedro Brand. Lo que encontré son riesgos técnicos, ambientales y sociales que las autoridades no pueden ignorar.
Ni la mejor ingeniería del mundo puede compensar una localización equivocada. Esa es la conclusión a la que se llega tras examinar en detalle las condiciones territoriales, hídricas y sociales de La Cuaba: un sitio que no debería ser considerado para disponer los residuos del Gran Santo Domingo.
Carlos Arias
Santo Domingo | 2025
La primera vez que uno recorre las vías que conducen a La Cuaba, resulta difícil imaginar que alguien, de buena fe técnica, haya identificado este lugar como candidato para instalar un gran relleno sanitario del Gran Santo Domingo. A menos de media hora del centro de la capital, el Distrito Municipal de LA Cuaba ofrece un paisaje de arroyos, nacientes, fincas de agro-ecoturismo y rutas de naturaleza que sus habitantes defienden con razón. Es un territorio que en los últimos años ha construido una vocación turística sólida, con inversiones privadas reales y una identidad que gira en torno al agua, al verde y a la proximidad con la ciudad sin sus males. Es su gran oportunidad de desarrollo.
Cuando me propuse analizar la viabilidad técnica de este proyecto, no partí de una posición ideológica. Partí de las mismas preguntas que debe hacerse cualquier planificador responsable: ¿qué hay en el suelo? ¿Adónde va el agua? ¿Qué actividades coexisten con la infraestructura propuesta? ¿Quién vive aquí y qué hace? Las respuestas a esas preguntas, obtenidas a partir de la caracterización territorial, la revisión hidrogeológica y el análisis de las dinámicas socioeconómicas de la zona, me llevaron a una conclusión que sostengo con respaldo técnico: La Cuaba no es el lugar.
LO QUE ENCONTRÉ EN EL TERRITORIO
La primera incompatibilidad que identifiqué es también la más grave. La Cuaba es una zona de nacientes. Varios cursos de agua que se originan en este territorio alimentan directamente los ríos Isabela y Ozama, dos cuencas que ya acusan décadas de deterioro por contaminación urbana y agrícola. Introducir un foco masivo de generación de lixiviados —los líquidos tóxicos que produce la descomposición de la basura— en las cabeceras de esas cuencas sería, en términos simples, envenenar el agua desde su origen.
Y aquí conviene ser muy precisos, porque he escuchado el argumento de que un relleno sanitario bien diseñado, con geomembrana y sistemas de recolección de lixiviados, puede operar sin contaminar. Es un argumento técnicamente válido en abstracto, pero que ignora una realidad fundamental: ningún sistema de impermeabilización es eterno. Las geomembranas se deterioran. Los sistemas de drenaje colapsan. Los planes de monitoreo se relajan con el tiempo, especialmente cuando cambian los gobiernos, los operadores o la presión política. Lo que hoy es un relleno bien operado puede ser mañana un foco de contaminación que nadie controla y que nadie quiere pagar por remediar. La hidrogeología de La Cuaba, con suelos permeables y una red hídrica densa, amplifica exponencialmente ese riesgo residual.
La segunda incompatibilidad tiene que ver con los usos del suelo y las inversiones ya realizadas. En el área de influencia directa del sitio propuesto existen villas, fincas vacacionales, proyectos de turismo rural y acueductos comunitarios que dependen de la calidad del agua y del paisaje. Esas inversiones no son abstractas: representan capital privado, empleos locales y una apuesta por un modelo de desarrollo compatible con la conservación. La coexistencia de un relleno sanitario regional —con el tráfico pesado, los olores, los vectores y la imagen que eso conlleva— y ese tejido productivo es, sencillamente, imposible.
La tercera incompatibilidad es de infraestructura. Las vías de acceso a La Cuaba no están diseñadas para absorber el flujo continuo de camiones recolectores que implicaría recibir los residuos del Gran Santo Domingo. Estamos hablando potencialmente de cientos de viajes diarios de vehículos pesados por vías que hoy sirven a una comunidad rural y turística. El deterioro vial, el riesgo de accidentes y la transformación del ambiente sonoro y atmosférico de la zona serían consecuencias inmediatas y sostenidas.
LA SOMBRA DE DUQUESA PESA MUCHO
No puedo analizar este caso sin referirme a Duquesa, porque Duquesa es la lección que la República Dominicana tiene más cerca y que, al parecer, todavía no ha terminado de aprender. Durante décadas, ese vertedero operó en condiciones mayormente a cielo abierto, con lixiviados sin tratamiento, incendios recurrentes visibles desde el malecón capitalino y conflictos permanentes con las comunidades aledañas. Hoy se trabaja en su cierre técnico, un proceso costoso, lento y políticamente complicado.
La tentación de resolver el problema de Duquesa trasladando la carga a La Cuaba es comprensible desde una lógica de corto plazo: hay presión ciudadana, hay urgencia política y hay un territorio que, para quien no lo conoce bien, puede parecer suficientemente alejado y verde como para absorber el impacto. Pero esa lógica es exactamente la misma que produjo Duquesa. No resuelve el problema estructural; lo desplaza. Y lo desplaza hacia un territorio ambientalmente más sensible, con mayor densidad de recursos hídricos y con inversiones turísticas que van a perder valor de forma irreversible el día que comiencen a circular los primeros camiones de basura.
La política nacional de gestión de residuos, anclada en la Ley General de Gestión Integral y Procesamiento de Residuos Sólidos y en el Plan de Acción Nacional, establece con claridad una jerarquía que debería guiar cualquier decisión en esta materia: primero prevención, luego reducción, reutilización, reciclaje y valorización. La disposición final en un relleno es el último escalón, no el primero. Saltar directamente a instalar un gran relleno en una zona ecológicamente sensible contradice no solo la buena práctica técnica, sino el propio marco normativo dominicano.
LOS RIESGOS QUE CUANTIFIQUÉ
A lo largo de mi análisis, documenté cinco categorías de riesgo que, juntas, configuran un cuadro de incompatibilidad que ningún diseño de ingeniería puede resolver por completo:
Contaminación hídrica. Los lixiviados generados por la descomposición de residuos contienen metales pesados, patógenos, compuestos orgánicos tóxicos y amoniaco. En un área con suelos permeables y múltiples nacientes, el riesgo de infiltración hacia acuíferos y de descarga hacia arroyos tributarios del Isabela y el Ozama es alto incluso bajo condiciones de operación técnica adecuada, y se vuelve crítico bajo condiciones de operación deficiente o de fallo estructural de los sistemas de impermeabilización.
Emisiones y riesgo de incendio. La descomposición anaerobia produce metano y dióxido de carbono. Sin un sistema eficiente de captura y aprovechamiento de biogás, el metano se convierte en un agente de cambio climático y en un combustible para incendios subterráneos y superficiales difíciles de controlar. He visto lo que pasa cuando eso ocurre: Duquesa arde con una frecuencia que ya nadie cuestiona porque nadie sabe cómo resolverlo.
Salud pública. La proliferación de vectores —moscas, roedores, aves carroñeras, perros— es una consecuencia directa e inevitable de cualquier sitio de disposición de residuos, independientemente de su diseño. Para comunidades que hoy se benefician de un entorno limpio y un perfil turístico activo, este impacto tiene consecuencias directas en la calidad de vida, en la salud respiratoria y gastrointestinal, y en la viabilidad económica de sus actividades.
Pérdida de valor ecoturístico. La Cuaba se comercializa hoy como un destino de naturaleza a las puertas de la capital. Es una marca territorial incipiente pero real. La instalación de un relleno sanitario regional destruiría esa imagen de manera prácticamente irreversible, desincentivando las inversiones turísticas actuales y futuras, y devaluando la propiedad en toda el área de influencia. El costo de oportunidad de ese sacrificio no aparece en ningún análisis de factibilidad económica que haya visto relacionado con este proyecto.
Gobernanza a largo plazo. Un relleno sanitario no es una obra que se inaugura y se olvida. Requiere operación técnica especializada durante décadas, y monitoreo ambiental riguroso por 20 a 30 años adicionales tras su cierre. El riesgo de captura regulatoria, de relajamiento progresivo de controles y de abandono técnico en un contexto de rotación política y económica es un factor que la planificación responsable no puede ignorar. La experiencia regional en América Latina documenta ampliamente ese patrón.
LO QUE PROPONGO COMO ALTERNATIVA
Una conclusión negativa sin propuesta de solución es una crítica, no un análisis. Por eso dediqué una parte importante de este trabajo a identificar las vías que sí son técnicamente viables para resolver el problema estructural de los residuos del Gran Santo Domingo, que es real, urgente y no puede seguir postergándose.
La primera línea de acción que propongo es la identificación técnica y rigurosa de sitios alternativos para la disposición final. Existen en el área del gran Santo Domingo territorios con menor sensibilidad hídrica, suelos más estables geológicamente, menor densidad de recursos naturales críticos y menor conflictividad social previsible. Encontrarlos requiere un proceso de selección multicriterio transparente, con participación de técnicos, comunidades y autoridades ambientales, y no la decisión unilateral de señalar un territorio por razones que, hasta donde he podido establecer, no pasan por una evaluación técnica robusta.
La segunda línea es la descentralización del tratamiento de residuos. Apostar todo a un gran relleno único es un modelo que la planificación moderna de residuos urbanos ha abandonado progresivamente en favor de sistemas distribuidos: plantas de compostaje para orgánicos, centros de clasificación y valorización de reciclables, biodigestores para grandes generadores, plantas de transferencia estratégicamente ubicadas. Este enfoque reduce drásticamente el volumen que llega a disposición final, genera empleos, recupera materiales con valor económico y distribuye la carga territorial de manera más equitativa.
La tercera línea, complementaria a las anteriores, es la aplicación plena del marco normativo vigente. La República Dominicana tiene una ley de gestión integral de residuos y un plan de acción nacional. Lo que falta no es legislación: es voluntad de ejecutarla. La responsabilidad extendida del productor para plásticos, neumáticos y aparatos electrónicos; los programas de separación en origen; los incentivos a la reducción y al reciclaje. Todo eso está en el papel. El reto es llevarlo a la práctica con la misma energía que se está dedicando a buscar dónde enterrar el problema.
LO QUE CORRESPONDE A LAS AUTORIDADES
Mi recomendación es concreta y no admite medias tintas: no autorizar la instalación de un vertedero o relleno sanitario regional en La Cuaba, y detener cualquier trámite de licencia ambiental hasta que un Estudio de Impacto Ambiental independiente, de alta calidad técnica y con participación ciudadana real, determine con evidencia científica la compatibilidad —o incompatibilidad— del sitio. No como obstáculo burocrático. Como garantía mínima de que las decisiones que comprometen un territorio por generaciones se toman con la seriedad y el rigor que merecen.
Adicionalmente, recomiendo declarar y regular zonas de protección hídrica en La Cuaba y su área de influencia, fortalecer el control de actividades contaminantes preexistentes —vertidos, porcicultura sin tratamiento, agricultura intensiva sin buenas prácticas— y constituir un comité técnico-comunitario de seguimiento que actúe como instancia de veeduría permanente para cualquier iniciativa relacionada con residuos, agua y uso del suelo en ese territorio.
La Cuaba tiene recursos que la República Dominicana no puede darse el lujo de destruir: agua, biodiversidad, identidad turística y capital social. Convertirla en el nuevo Duquesa no resuelve nada. Solo añade un segundo error encima del primero. Y el segundo, a diferencia del primero, se cometerá con plena conciencia de lo que se está perdiendo.
CINCO HALLAZGOS CLAVE DE ESTE ANÁLISIS
- Red hídrica crítica: La Cuaba alberga nacientes y afluentes de los ríos Isabela y Ozama. Ambas cuencas están ya deterioradas; no pueden absorber nuevas presiones contaminantes desde sus cabeceras.
- Riesgo de acuíferos: Los suelos permeables de la zona hacen muy difícil garantizar la impermeabilización efectiva del relleno a largo plazo, incluso con la mejor ingeniería disponible.
- Incompatibilidad de usos: Las inversiones ecoturísticas y los acueductos comunitarios preexistentes son irreconciliables con la operación de un relleno sanitario regional.
- Conflicto social estructural: La resistencia comunitaria no es circunstancial. Es un factor técnico que eleva la probabilidad de inestabilidad operativa y deterioro de la gobernanza ambiental.
- Solución equivocada al problema correcto: El Gran Santo Domingo necesita con urgencia una estrategia regional de residuos. Esa estrategia no puede basarse en trasladar el problema a un territorio de alto valor ecológico.
El autor es profesional de las ciencias sociales con especialización en urbanismo, ordenamiento territorial y gestión de riesgos. Este análisis fue elaborado con base en criterios de planificación territorial, gestión de residuos sólidos urbanos (RSU) y evaluación de compatibilidad ambiental.
▸ Referencias normativas: Ley General de Gestión Integral y Procesamiento de Residuos Sólidos (República Dominicana); Plan de Acción Nacional de Gestión de Residuos; lineamientos CEPAL, BID y OPS sobre gestión de RSU en América Latina y el Caribe; experiencias documentadas del vertedero de Duquesa y otros casos de referencia regional.


























