Por Daniel Cruz
Dedicamos esta cita de José Ingenieros a Domingo Contreras, por considerar que con su preparación y voluntad de hacer desde la dirección del Cabildo, el terruño de cada uno de nosotros en el Distrito Nacional estará bien servido:
El terruño es la patria del corazón. De todos los sentimientos humanos ninguno es más natural que el amor por la aldea, el valle o la barriada en que vivimos los primeros años. EL terruño habla a nuestros recuerdos más íntimos, estremece nuestras emociones más ondas; un perfume, una perspectiva, un eco despiertan un mundo en nuestra imaginación. Todo lo suyo lo sentimos nuestro en alguna medida; y nos parece, también, que de algún modo le pertenecemos, como la hoja a la rama.
El amor al terruño existe ya en el clan y en la tribu, soberano en el horizonte, exiguo de las sociedades primitivas. Ligado al medio físico desde que el grupo se adapta a la vida sedentaria, se acendra al calor del hogar. La consanguinidad lo alimenta y la amistad lo ahonda; la simpatía lo extiende a todos los que viven en la vecindad habitual. En el terruño se oyen las primeras nenias maternales y se escuchan los consejos del padre; se forman las intimidades del colegio y se sienten las inquietudes del primer amor; se tejen las juveniles ilusiones y se tropieza con inesperadas realidades; se adquieren las más hondas creencias y se contraen las costumbres más firmes. Nada en él nos es desconocido ni nos produce desconfianza. Llamamos por su nombre a todos los vecinos, conocemos en detalle todas las casas, nos alegran todos los bautismos, nos afligen todos los lutos. Por ello sentimos en el fondo de nuestro ser una solidaridad íntima con lo que pertenece a la aldea, el valle o la barriada en que transcurrió nuestra infancia.
Ningún concepto político determina este sentimiento natural. Es innecesario estimularlo con sugestiones educativas porque es anterior a la escuela misma; se ama al terruño ingenuamente, por instinto, con espontaneidad. Es amor vivido y viviente, compenetración del hombre con su medio. No tiene símbolos racionales ni los necesita; su fortaleza es más honda, tiene sus raíces en el corazón.
(José Ingenieros, «Las fuerzas Morales»).























