Por José Rivas, reportajes.
SANTO DOMINGO. ¡Una de la madrugada! De repente Maritza «salta» literalmente de la cama ante el escándolo que ha provocado el marido.
Es Juan, que salió del trabajo a las cinco de la tarde, pero totalmente borracho, ha llegado a la casa a demandar de todo a su mujer, una joven trabajadora que de sol a sol labora en la pandería de la esquina.
Conoció a su consorte en una tarde que estaba cerrando la panadería.
El hombre le gustó a primera vista. Juan llegó impecable, perfumado y conduciendo una moto «nuevecita».
Fue un flechazo! -Ese es mi hombre-, recitó para ella la «panadera». Y así fue.
El destino la llevó a los brazos de Juan. En tres meses del «casatorio» todo fue alegría, regalos, cariños y cumplientos de antojos.
Era la pareja perfecta. Hasta que un día Juan llegó borracho. Era un carnicero con una larga trayectoria en el barrio. Al final de cada jornada en la carnicería que operaba en el mercado, los dueños de mesas se juntaban a jugar dominó y con el entretenido juego, las cervezas y el ron.
La joven soportó esa situación durante tres meses. No reclamaba por sus largas ausencias. Sobretodo en las noches y su llegada con un tufo de «romo» desde los pies a la cabeza.
Y asi, en esas condiciones, el «carnicero» llegaba a exigir de todo. A interrumpir el descanso de su mujer que debía siempre estar presta para el sexo a «altas» horas de la madrugada, sin importar el cansancio o la menstruación.
-Un día de estos me voy a larga de tu lado-, llegó a decirle varias veces a su compañero de vida.
-Ay mujer, no hables disparates, sabes que el único macho en tu vida soy yo-, expresaba el hombre desde su posición de el dominante de la relación.
Pero dada tanto la gota al cantaro que Maritza, aprevechando esas parrandas del que un día fue el «hombre de su vida», decidió marcharse.
Y comezó su calvario. Juan, con todas las informaciones que recolectaba desde su negocio, dio con ella, que se había refugiado en la casa de una prima, la ubicó.
Lleno de cólera, una noche de cerveza y ron y la cuerda de sus compañeros «por el abandono de su mujer», llegó donde la indefensa Maritza. Tumbo la puerta de la humilde vivienda y sin medias palabras, con el cucchillo que cortaba las carnes, sin piedad y bajo la borrachera y el dolor del «macho» herido por el abandono, la agredió una y otra vez, hasta dejarla sin aliento.
En medio de la ira, hubo una pausa, un momento de reflexión del verdugo, que sin hablar con alguién, tomó su moto y viajó varios kilometros hasta el puente Duarte, y se lanzó al vacio.
Solo en lo que va de año y al momento de la publicación de esta historia, en República Dominicana se ha registrado 62 feminicidios a manos de parejas o exparejas en lo que va del año 2026.
Un epidemia que lacera a la sociedad.
Una epidemia que se expande a sus anchas, antes débiles políticas de prevención de la violencia de género.
























